SI en su anterior trabajo, Las palabras, ya nos sorprendía con el hallazgo de una voz propia y un puñado de grandes canciones, ajenas al vaivén de las modas, en Septiembre, su segundo álbum, Belcos da un paso de gigante para ofrecernos nueve temas producidos de nuevo por un Ion De Luis en estado de gracia.

Estamos frente a un disco concebido a la antigua usanza, como una obra unitaria y no una mera colección de canciones. Un álbum que, al igual que ocurre con todas las buenas historias, reclama ser escuchado de principio a fin, a la manera de un puzzle en el que cada pieza acaba por encajar a la perfección, y donde nada resulta gratuito. El resultado, un viaje sonoro en el que Belcos nos invita a conocer, de su mano, los paisajes interiores y la memoria sentimental de toda una generación.

El disco se abre con Septiembre, tema que da título al disco y que anuncia todas las virtudes de este trabajo: melodías imperecederas, arreglos exquisitos y un abanico de influencias tan reconocibles como bien asimiladas, que van desde el pop inglés hasta la mejor tradición del folk y los sonidos americanos. Y todo al servicio de unos textos inusualmente cuidados, que cabalgan las canciones con la delicadeza y el buen hacer de un músico en plena posesión de sus recursos expresivos, capaz de recoger los frutos de los grandes songwriters.

Letras de pincelada impresionista que remiten a ese final del verano, tiempo de balance y recapitulación desde los lejanos días de la infancia. Septiembre y sus tardes de suave melancolía, con un sol desfalleciente, herido por las primeras sombras del otoño; el verano que dejamos atrás y el inicio del nuevo curso. Imagen poderosa del momento vital de un artista que, como estos tiempos nuestros, parece debatirse entre la incertidumbre y la esperanza. “Otra vida ha empezado”, escuchamos en Ítaca, la canción que cierra el disco. Así sea.